lunes 5 de diciembre de 2011

Renacer

No sé cómo sucedió realmente, pero desperté paseando por una enorme pista, perfectamente asfaltada. Íbamos hacia un impresionante rascacielos cuyo interior era visible sin mucho esfuerzo desde donde estaba. Repleto de plantas, más que un edificio tenía el aspecto de un gran árbol. Todo estaba muy limpio y brillaba con tal intensidad que resultaba difícil fijar la vista en algún punto durante más de unos pocos segundos. Llegamos a unas puertas enormes y entramos en el moderno edificio, moderno por denominarlo de alguna forma, ya que me resultaba difícil su clasificación. No sabía qué hacia allí, no estaba soñando y no tenía miedo, y sin comprender dónde me encontraba les seguía sin preguntar, me sentía bien. Al atravesar la entrada me impresionó la luz natural que llenaba todo, y aún me impresionó más cuanto más me acercaba al centro, donde pude comprobar que lo que estaba en la superficie sólo era una especie de ‘ventana’. No era capaz de calcular la profundidad que podría tener, pero un gigantesco círculo de más de un kilómetro de diámetro y cientos de metros de profundidad se abría ante mí lleno de habitáculos, calles... y, lo más impresionante, justo al fondo podía verse una gran calle peatonal, repleta de gente que caminaba mientras se paraba en los escaparates de tiendas muy peculiares o esperaba algún transporte. Me explicaron que la vida estaba allí abajo y los pocos edificios desperdigados por la superficie daban paso a infinitas calles en su profundidad. Aquello me sobrecogió. Continúe en silencio, no pregunté. Llegamos a unos enormes ascensores panorámicos de cristal y vi cómo la comitiva que me acompañaba se quitaba el traje y el casco, mientras me animaban a imitarles. ¡Ni siquiera me había percatado de que lo llevaba!, más adelante me enteraría del motivo por el que lo llevaba. Bajamos a velocidad vertiginosa, la imagen que se presentaba ante mí resultaba cada vez más impresionante. La ciudad se hacía por momentos más y más grande. Llegamos a lo que parecía ser el final y lo que vi fue, literalmente, un gran entramado de calles y edificios, todo iluminado de tal forma que a duras penas podía creer que estuviéramos a más de un kilómetro bajo tierra. Seguía sintiéndome bien, relajado... Según me explicaron posteriormente, esto se debía a lo que me habían inyectado antes de despertarme. ¡Si no recordaba haberme quedado dormido! La calle en la que giramos estaba repleta de gente. Gente sospechosamente joven. En el trayecto que realizamos, de poco menos de diez minutos, no vi a ninguna persona mayor, a nadie pidiendo… y aquello no cuadraba con mis recuerdos. Llegamos a un pequeño edificio recubierto de un material que proyectaba el reflejo de numerosos colores muy agradables, la verdad. Entramos y allí estaba esperándome una mujer de no más de treinta años que, haciendo un gesto a la comitiva que me acompañaba, les ordeno que pasaran la “luz” ante mí. Segundos después, recordé y comprendí. Hace tiempo fui congelado, formaba parte de una misión a Marte junto a otras quince personas. Fuimos los primeros en llegar y crear lo que ahora era un planeta casi habitable, y digo casi porque permanecer en la superficie apenas unas horas tiene consecuencias letales. Esta es la razón de las ciudades bajo tierra y del traje que antes llevaba puesto. Recordé cómo yo y el resto del equipo decidimos pasar a un estado de criogenización avanzado después de las últimas noticias recibidas desde la Tierra. No teníamos esperanza, no habíamos llegado a tiempo, faltaban años aún para dar una segunda oportunidad a la raza humana. Aquel fatídico 30 de septiembre de 2057 las manecillas el reloj se pararon en nuestro hogar... perdimos toda comunicación, las últimas imágenes recibidas fueron terribles. No nos quedaba soporte vital para más de unos meses, por lo que iniciamos el proceso de terreforestación, nuestra misión real en Marte, la última oportunidad para la población de la Tierra. Supe que la mujer que tenía ante mí era mi hija. No tenía más de seis años cuando inicié mi viaje, cuando me despedí de ella, pero ahora llevaba viviendo más de doscientos años allí. Todo había merecido la pena.
Safe Creative #1112050669973Raúl Jimeno Martinez