Me encuentro a diez kilómetros bajo tierra, junto a mi equipo. Nuestra nave aterrizó hace unas horas y no hemos encontrado ningún rastro de vida humana. El espacio radioeléctrico está cerrado, ni una sola señal.
Los radares sólo muestran vegetación y vida salvaje. La tierra se ha convertido en una gran jungla. Un fallo en el sistema de propulsión de nuestra nave impidió que escapáramos a la anomalía detectada cerca de los anillos de Saturno, donde nos encontrábamos investigando extraños sucesos. Ahora aquí estamos, siglos en el futuro según la fecha proporcionada por el sistema de navegación, obtenida a partir de la posición de las estrellas.
Este es el punto más seguro de la tierra, una ciudad bajo una enorme montaña, una ciudad que ahora está apagada, igual que el resto del mundo.
Conectamos los generadores portátiles al panel de energía en la compuerta y esperamos a tener la suficiente potencia para poder iniciar el proceso de apertura.
Con un fuerte chirriar comienzan a abrirse los dos filos de la puerta... ¡Es increíble que funcione después de tanto tiempo! Todo está oscuro... desactivamos la visión infrarroja de los cascos y activamos los potentes focos que llevamos con nosotros.
Nos adentramos en la base y, aunque para nosotros hace sólo unas semanas que estuvimos aquí, la sensación es muy extraña. Nuestros recuerdos llenan este lugar de vida pero no hay nada a nuestro alrededor salvo silencio.
Entramos en la sala que suministra potencia al complejo y conectamos un pequeño generador nuclear que hemos traído de la nave y que nos proporcionaba allí toda la energía necesaria para mantener todos los sistemas activos.
Poco a poco los paneles comienzan a encenderse y el soporte vital trata de ponerse en marcha. El nivel de Co2 es demasiado alto para que podamos desprendemos de los trajes. Esperamos unas horas, hacemos mediciones y, finalmente, después de comprobar que la atmósfera es segura, nos los quitamos y desviamos energía al resto de circuitos.
Caminamos buscando cualquier pista de lo que ha podido pasar. Nada... todo está vacío, intacto. Los laboratorios están preparados para ser usados, las mesas están llenas de papeles, pero no hay rastro de vida.
Nos dividimos y me dirijo a la sala de comunicaciones. Entro en ella, los sistemas informáticos están reiniciados y esperando órdenes. Accedo al diario de la base. Las últimas lineas que leo son desoladoras, están firmadas por el científico jefe y mi mejor amigo. Lo que leo me deja sin habla:
“Anomalía creada en punto 3.3. Descubierto origen extraterrestre. Todo es un escenario, nuestro planeta, nuestra galaxia... creo que nos queda poco tiempo. He descubierto una trasmisión que contiene un patrón que sólo puede ser lo que ya sospechaba: están reseteando este lugar...
Sólo somos el juego o la simulación de algo que acaba de descubrir que la única manera de mantener el planeta con vida es eliminándonos de la partida...”